No voy a hablar de mi trabajo

Ya he tomado posesión y soy funcionario. Me ha costado, créase o no, un esfuerzo increíble. No solo por la dificultad de preparar las oposiciones, sino también por conseguir el autocontrol y la disciplina de estudiar un temario tan extenso con regularidad, en que no había forma de verlo todo el último día, o incluso la última semana. El estudio cotidiano es algo a lo que no estaba nada acostumbrado, y la verdad es que tampoco lo conseguí del todo (aunque lo suficiente para aprobar).

Hay muchos temas de los que podría escribir, relacionados con mi trabajo: los compañeros, el trabajo en sí, las cuestiones de adaptación del puesto y discapacidad, la situación del personal funcionario, etc. Pero creo que, salvo que algo me haga cambiar de parecer, he resuelto no hacerlo. Hay varios motivos.

En cuanto al trabajo en sí, no quiero vulnerar la confidencialidad que me es exigible. Claro que podría hablar de determinados casos sin utilizar nombres de personas, o datos geográficos que permitan identificarlos, pero hacer esto es más difícil de lo que parece. Por ejemplo tengo un expediente entre manos, que por sus particularidades seguramente sería identificable para algunas personas aunque no ponga datos personales. Es poco probable que alguna de ellas se dé con mi blog, pero ¿quién sabe? Mejor errar en el exceso de celo, en estos casos.

En cuanto a los compañeros, he de decir a modo genérico que todo el mundo que trabaja conmigo son gente estupenda. No solo en lo profesional, que también, sino desde el punto de vista personal. Son gente amable, dispuesta a echar una mano al novato, y eso es muy de agradecer.

El motivo por el que tampoco quiero escribir de este tema en detalle, es que algún día esta situación puede cambiar. Igual que no me gustaría que la gente escribiese de mi, aunque haga algo con lo que puedan estar disconformes, yo tampoco voy a hacerlo; y si escribo de mis compañeros actuales para bien, y viene alguien sobre quien no me pronuncio, ya es decir algo, aunque sea de forma implícita.

Sobre los temas de la situación funcionarial me voy a callar porque siendo tan nuevo no tengo nada útil que añadir, y porque creo que hay cauces más adecuados para canalizar ese tipo de reivindicaciones (asociaciones profesionales y sindicales, mecanismos internos de peticiones y sugerencias, etc). En todo caso, y también de modo genérico, no tengo grandes quejas sobre el funcionamiento de la administración como empresario. El personal a cuyo cargo me encuentro me ha facilitado las cosas todo lo posible, y hay un buen ambiente de trabajo--no he escuchado un solo grito.

Por último, en cuanto a la experiencia de entrar a la administración con una discapacidad importante, quizá sí debería escribir algo en un momento dado; sobre todo en cuanto a algunos de los trámites burocráticos que conviene tener en mente (no os olvidéis de quedaros con una copia de la toma de posesión!). Hay dos motivos que me invitan a no hacerlo: uno es que no quiero centrar mis experiencias demasiado en el foco de la discapacidad. Sí, es verdad, soy un funcionario ciego; pero si no voy a escribir sobre la experiencia de ser funcionario, me parecería darle demasiado relieve a la cuestión de la ceguera. El otro motivo es el que unifica toda la lógica de no escribir sobre este tema.

Tengo unos posicionamientos políticos, económicos, técnicos, etc, determinados, que no me suelo callar en este blog. Siempre me he expresado todo lo libremente que se puede en nuestro régimen jurídico a ese respecto. Sin embargo, y como miembro de una administración pública, no quiero mezclar las dos vertientes, la de ciudadano contestatario y preocupado, y la de fiel aplicador del derecho vigente. Si personas que leen mi blog saben de mi trabajo, o personas que trabajan conmigo leen mi blog, les podrían surgir dudas acerca de como compagino mis puntos de vista sobre los límites y deficiencias del contexto político y jurídico en que vivimos con mi obligación de ser parte de la maquinaria que lo reproduce. Para no dar alas a estas dudas, voy a mantener un prudente silencio al respecto. En palabras de Wittgenstein, de lo que no se puede hablar, hay que quedarse callado.

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